23/Sep/2018
Domingo, 23 de Septiembre de 2018

Irán: la actitud de los habitantes de la antigua Persia evidencia los prejuicios contra el Islam

Irán: la actitud de los habitantes de la antigua Persia evidencia los prejuicios contra el Islam

La plaza Naghsh-i Jahan, en Isfahán, sobrecoge por sus dimensiones y los monumentos que la rodean. A un lado, la mezquita Loftollah y su cúpula de porcelana, que cambia de color con el paso de las horas; al otro, el palacio de Ali Qapu, que desde sus seis pisos de altura permitía seguir los partidos de polo que se disputaban aquí en la edad media. Y cerrando el cuadro, la mezquita turquesa del Sha Abbas o del Imam, con cuatro minaretes en lugar de dos. Como su orientación hacia La Meca traza una diagonal con la plaza, se añadieron para completar la perspectiva. Es imposible pasear por el lugar y no disparar una fotografía tras otra.

También lo hacen los locales. Un grupo de chicas solicita entre risas hacerse una selfie con el extranjero, lo último que se espera de un país marcado por rigurosos preceptos chiíes. Luego, un joven le pregunta el país de procedencia, la imagen que transmite Irán afuera… ¿El típico gancho para turistas? Pues no: al rato, concluye la charla y se aleja sin promocionar tienda de artesanía alguna. 

Que algo está cambiando en Irán se evidencia a los pocos minutos de tomar tierra. Tramitar el visado en el aeropuerto de Teherán es fácil, rápido y va acompañado de múltiples sonrisas. En la calle, las mujeres pasean con el hiyab en la cabeza, pero dejando al descubierto el flequillo. Son las mismas que revuelven sin vergüenza los montones de ropa interior que se exponen en el gran bazar, anunciados con carteles luminosos de leds y a corta distancia de la puerta de Jordad, donde hombres con pinganillo negocian a voz en grito la cotización del oro y del cambio del día.

El suelo está impoluto, aquí y en cualquier lugar del país. En contraste, el interior del Museo Nacional parece algo oscuro, confiando en que las piezas expuestas iluminen mentes y espacios. Aquí están las tablillas de Susa con el primer alfabeto de la historia, piezas cerámicas con animales estilizados dignas de Picasso y bajorrelieves de la mítica Persépolis. Una vigilante está sentada tras una mesa y toma notas en un cuaderno. El 60% de los estudiantes universitarios son mujeres.

La escena se repite cerca, en el palacio de Golestan o Tierra de Flores, un extenso complejo con jardines que es patrimonio de la humanidad. Esta fue la residencia de los monarcas Qajar, pero para los Pahlevi fue un lugar donde celebrar recepciones o coronar al último sha, Mohamed Reza Pahlevi. En el recinto destacan el Shamosol Emareh, el palacio de las mujeres, inspirado en los edificios que había visto el shah Naser-ed Din en Europa, y el Salón de Recepciones, con miles de espejos en las paredes para multiplicar su magnificencia. También se puede ver el Tahkt-e Marmar, el trono de mármol, pero no fue este el empleado en la coronación de Reza Pahlevi, sino el que se admira en el ­museo de las Joyas Reales, en realidad la sede del Banco Central. Allí dentro coexisten sin complejos las puertas blindadas y la venta de helados y de souvenirs.

El ambiente en la capital es distendido, con un regusto a años setenta que impregna desde el vestir hasta la arquitectura. Pero una cosa es Teherán y otra el resto del extenso país. Según el dicho popular, Isfahán es conocida por sus cuchillos, Shiraz por la holgazanería, Yazd por la religiosidad y Kerman… por el tráfico de drogas. Bueno, y por sus pistachos, que se venden por doquier en su bazar. Hay igualmente aparatos electrónicos expuestos bajo los arcos que comunicaban los caravanserai, las posadas que acogían a los viajeros de la ruta de la seda.

La parte mejor conservada es la de Ganjali Jan, que hoy es una suerte de ciudadela de artesanos. Pero el visitante no viaja hasta el extremo oriental del país para contemplar los restos de un pasado glorioso, sino para acercarse a la ciudadela de adobe de Rayen, la mayor que se puede visitar desde que en el 2003 un terremoto destruyó la de Bam. En la carretera se descubre de dónde viene el tópico de la droga: con Afganistán en el horizonte, los controles policiales se suceden, si bien son amables con el turista.

La llanura desértica se ve apenas alterada por las estribaciones del macizo de Hazaran, ramificación de la cordillera de Zagros. De repente, aparece la silueta de la ciudadela. De la época sasánida, se tuesta al sol desde el siglo X y estuvo habitada hasta el 1850. La causa de su abandono hay que buscarla en el calor extremo; unos kilómetros más y se entra en el desierto de Lut, el más cálido de la tierra, con temperaturas de más de 70ºC. Así, perderse por las calles solitarias e intactas de Rayen es como pasear por un espejismo.

Luego, vale la pena acercarse al mausoleo de Nematallah e-Vali, en Mahan. Honra la memoria de un místico descendiente del Profeta, pero no por ello se accede con mucha ceremonia. Basta descalzarse. En la librería coránica que hay en el recinto de mosaico turquesa se vende la obra de Ernesto Guevara. Años después de la revolución islámica de 1979, liderada por el ayatolá Jomeini, poco a poco, personajes como Hasan Rohani han dado alas a los sectores más aperturistas: un ligero aire de cambio puede rebajar los problemas internos, al menos hasta ahora, cuando Irán disponía de un acuerdo nuclear firmado con Estados Unidos. La Guardia de la Revolución, con todo, sigue activa, aunque su existencia se justifica a veces con la necesidad de exportar sus valores fuera de Irán. De ahí el éxito de las teorías del Che.

La religión es central en Yazd, pero no la islámica, sino la zoroastriana. Lo primero que se ve de la ciudad son las Torres del Silencio o Darkhneh, donde los seguidores de Zoroastro o Zaratustra dejaban los muertos a las aves carroñeras. Primera religión monoteísta de la que se tiene noticia, sus seguidores veneran una llama eterna que arde en el templo de Fuego, dentro del núcleo urbano. Al lado, se extiende el inabarcable laberinto del barrio de Fahadan, de calles cubiertas que tanto se retuercen a uno u otro lado como desaparecen bajo tierra. En lo alto, docenas de bagdir, torres atrapavientos, recogen las corrientes de aire y las envían abajo, refrescando las casas de adobe.

A la humildad de este material, Isfahán contrapone la opulencia azul de la porcelana y el vidriado típico de la ciudad. Y no sólo en la plaza Real, también en la mezquita del Viernes, la mayor del país. En su entrada, varios comercios venden chadores de negro riguroso, y las escaleras mecánicas advierten del peligro de engancharse los faldones, pero dentro del templo muchas mujeres pasean con vestimenta menos formal. La mezquita es una obra maestra del arte persa, construida por los selyúcidas del siglo XIII, como los once puentes que atraviesan el río Zayandedeh. Debajo del de Sio Se Pol o del Jaju se improvisan cada noche conciertos de música tradicional… si no ronda la policía por allí.

El mismo celo muestran los vigilantes de monumentos como la tumba de Ciro el Grande en Pasargada, la necrópolis de Naqsh-e Rostam (donde yacen Darío I y el Jerjes que derrotó a Leónidas en las Termópilas) o en Persépolis, la apoteosis del poder aqueménide. Darío nunca llegó a vivir aquí. Alejandro Magno entendió su valor de símbolo y la arrasó. En 1971, Mohamed Reza Pahlevi quiso conmemorar aquí los 2.500 años del imperio persa, con una exhibición de poder y despilfarro que marcó el principio de su fin.

Los vecinos impidieron que los revolucionarios de Jomeini acabaran el trabajo iniciado por Alejandro: las columnas de Persépolis siguen en pie. Si se visita en miércoles, se verá a personas vestidas de blanco. En todo el país, en especial en Shiraz, es el color de la protesta contra la imposición de usar velo.

Shiraz es la ciudad más liberal del país. Es habitual ver a parejas mixtas visitando la tumba de Hafiz, un poeta del XIV que adoraba el vino y las mujeres. Acude mucha gente para adivinar el futuro en las páginas de su libro más famoso, el Diván. Muchos llevan la nariz recién operada: Irán sufre una epidemia de erradicación de los rasgos aguileños. Otros jóvenes prefieren ir a fumar una shisha, la tradicional pipa de agua. La comparten en los privados de ciertos locales, jugueteando con los límites de su sociedad.

Fuente: Magazine.

En esta sección
Comentarios