23/Sep/2018
Domingo, 23 de Septiembre de 2018

Las Svalbard, el último suspiro de la URSS

Las Svalbard, el último suspiro de la URSS

Javier Reverte narra una de las curiosidades del archipiélago ártico de las Svalbard: las explotaciones mineras soviéticas que hoy son ciudades fantasma, excepto una. El relato es sólo un aperitivo del último libro de viajes del periodista y escritor, Confines, en que el viajero cuenta su navegación por los dos polos.

Longyearbyen, en la isla de Spitsbergen y capital del archipiélago de las Svalbard, es, en su más sustancial sentido, una forma de redención, un intento de perpetuidad, una voluntad de victoria sobre la implacable naturaleza. Construida para sobrevivir en condiciones climatológicas extremas, la ciudad trata de ser aquello que no alcanzará a ser nunca el hombre como individuo: una afirmación de la eternidad de la obra humana, un esfuerzo de carácter casi bíblico por combatir la idea de la muerte. Nada es allí bello o trascendente, sino sencillamente útil: un desafío al clima más horroroso del planeta.

Más al norte de la latitud donde se sitúa Longyearbyen hay algunas bases científicas o militares, tanto en Rusia como en Alaska y Canadá y en las propias Svalbard. Pero el establecimiento más próximo al polo que cuenta con hoteles, periódico diario, internet, supermercados, hospital, iglesia, restaurantes, varios bares, piscina climatizada, un par de discotecas y unas cuantas prostitutas, esto es, la única población con un ambiente urbano, pecador, virtuoso y familiar, es la capital de Spitsbergen. Algo más de dos mil habitantes, asentados en un lugar de la Tierra situado a los 78º y 15’ de latitud norte, hacen allí su vida cotidiana durante los doce meses del año. Los pobladores de tan insólito lugar dan fe de la infinita capacidad de aventura del hombre. Que Dios y el Diablo los bendigan.

De los tres mil habitantes que pueblan el archipiélago, más de dos tercios viven en la capital. Y todos son hombres y mujeres llegados allí para trabajar por propia voluntad y, desde luego, por dinero, en los empleos que generan la investigación, la minería, el turismo y los servicios. ¿Qué otra cosa puede llevar a la gente a un territorio donde las temperaturas bajan en invierno a –50ºC y en verano no suelen pasar de 16ºC? Tal vez el hecho de que hay trabajo para todos, que no se pagan impuestos y que uno puede alzar la casa donde le apetezca. Aunque el archipiélago se encuentra, en principio, bajo la soberanía noruega, su estatus no está claramente definido por la ONU, lo que significa que cualquiera puede instalarse allí con total libertad. Y existe gente, imagino, que prefiere la libertad al calor. 

Eso sí, desde hace unos setenta años están prohibidos los enterramientos de gente en las Svalbard. Al parecer, el frío de la tierra congelada impide que los cuerpos se corrompan. Y, por lo visto, hay bastantes supersticiosos en el mundo que todavía creen en la resurrección de la carne, el perdón de los pecados y la vida perdurable.

Los habitantes del archipiélago deben irse con la música a otra parte para morir. Y quizá sea esa la razón por la que los viejos no son bienvenidos a estas islas ni hay para ellos ninguna suerte de atención privilegiada, ni siquiera rampas por las que acceder en silla de ruedas a los locales públicos y a los edificios de viviendas. El muerto al hoyo, sí, pero en otro territorio. Ser viejo y morirse está muy mal visto en las Svalbard. Allí, la muerte no tiene gran popularidad.

La soberanía noruega sobre las Svalbard fue reconocida por la comunidad internacional mediante un tratado en febrero de 1920, y la administración de las islas terminó de establecerse en los cinco años siguientes. Sin embargo, como existían varias explotaciones mineras de compañías de diferentes nacionalidades, el tratado acordó que los ciudadanos de otros países pudieran residir en las islas con absoluta igualdad de derechos que los noruegos.

En 1916, Rusia compró varias minas a una compañía sueca y abrió sus principales explotaciones en Barentsburg, Pyramiden y Grumant. En 1941, el ejército alemán ocupó el archipiélago y los rusos hubieron de cerrar las minas; todos sus trabajadores y familiares fueron evacuados en buques aliados de bandera canadiense. Antes de abandonarlas, los rusos quemaron la mayor parte de sus instalaciones y maquinarias en Barentsburg y Grumant para que no fueran utilizadas por sus enemigos. Y a pesar de que las de Pyramiden quedaron intactas, los alemanes nunca las ocuparon. El de las Svalbard fue el último contingente militar nazi en rendirse a las fuerzas aliadas en Europa, un par de meses después de la caída de Berlín.

Los rusos regresaron en 1946 y reconstruyeron Grumant y Barentsburg, dañados durante la contienda. No obstante, Grumant cerró en 1961, y en 1998, tras la perestroika y el profundo cambio político impulsado por Gorbachov que puso fin al comunismo en Rusia, Pyramiden clausuró también sus explotaciones. En Barentsburg, al sudoeste de Longyearbyen, Rusia sigue todavía extrayendo carbón; es la segunda comunidad en número de habitantes de Spitsbergen, tras Longyearbyen.

Pyramiden fue concebida por el estalinismo como un modelo de producción, pero también como una urbe donde habría de realizarse la utopía comunista. Y casi llegó a serlo, aunque, antes que utopía, podría decirse que resultó ser una metáfora, por la forma en que acabó desvaneciéndose, casi en el aire.

Durante poco menos de setenta años, albergó a cerca de mil personas: los mineros con sus familias, los ingenieros y las autoridades municipales. Moscú no escatimó medios para construir sólidas viviendas con los pilares anclados en la tundra, espléndidos servicios, un puerto marítimo y las más avanzadas instalaciones industriales. Los salarios de los trabajadores eran muy altos, las vacaciones muy largas y las jubilaciones muy tempranas. Además, todo era gratuito en Pyramiden, salvo el alcohol. Había también una gran oferta cultural, pues con frecuencia se llevaban grupos de arte dramático y orquestas desde Moscú para actuar en el teatro de la ciudad. Junto con ello, el aprovisionamiento alimentario era excelente.

Mientras en muchos lugares de la Unión Soviética el trabajo en las minas lo llevaban a cabo presos políticos del ominoso sistema del gulag, en las Svalbard, debido a su situación geográfica y a variadas razones políticas, era imposible realizar la explotación del carbón con hombres esclavizados. De modo que la única forma de encontrar mano de obra no era otra que ofrecer muchos incentivos.

La mayor parte de los trabajadores eran rusos y ucranianos (Ucrania formaba entonces parte de la ahora extinta Unión Soviética). Y la relación con los habitantes noruegos de la isla era de enorme amabilidad, hasta el punto de que, a menudo, se celebraban partidos de fútbol o de hockey sobre hielo entre los equipos de Longyearbyen y Pyramiden. En plena guerra fría, los modelos capitalista y comunista convivían sin ningún problema en el territorio de Spitsbergen, a tan sólo tres horas de distancia en barco. Con Pyramiden, Stalin quería ofrecer a sus vecinos capitalistas el reflejo de una sociedad justa y feliz.

Por otra parte, la utopía socialista había hecho del minero el proletario ejemplar, el mejor espejo del ser humano, el héroe del trabajo industrial, igual que el tractor era la maquinaria heroica por excelencia, más que los tanques. Sí, el minero, aquel que era capaz de extraer de la naturaleza, con esfuerzo y riesgo, los mejores dones para luego transformarlos en productos de utilidad social. Toda la iconografía comunista está llena de mineros sonrientes que se cubren con casco y llevan sobre el hombro un pico o una pala. Y de tractores airosos a los que sólo les falta cantar La Internacional.

La ciudad ideal dependía administrativamente de Barentsburg, el principal establecimiento minero soviético en las Svalbard, situado a unas cinco horas de navegación hacia el sureste, en el fiordo de Grøn (Grønfjorden). El consulado, el gobernador, los órganos administrativos y la policía política residían en Barentsburg, de modo que la vida en Pyramiden era más relajada, con mucho menos control político y policial que en la otra urbe. Pero las normas de convivencia eran, por el contrario, mucho más estrictas. En Pyramiden, por ejemplo, estaba prohibido y castigado con severas multas tirar colillas o basura en la calle, y había papeleras y ceniceros, en forma de pingüino con el pico abierto, situados en muchas esquinas.

El estilo de la ciudad fue diseñado sobre modelos arquitectónicos muy en la línea del movimiento futurista, tan del agrado de los líderes soviéticos de la Revolución, una mezcla del realismo socialista con el vanguardismo artístico. Los tonos de los bloques de viviendas eran alegres: amarillos, marrones y naranjas en su mayoría. Además de los bloques de espléndidas viviendas, Pyramiden contaba con escuela, guardería, un polideportivo, un magnífico hospital con dos médicos y cinco enfermeras, una casa de la cultura con una biblioteca que albergaba más de diez mil volúmenes, así como salas de cine y teatro, museo, palacio de congresos, un hotel de lujo llamado Tulipán, cuadras con ovejas, vacas y cerdos, un invernadero donde se cultivaban legumbres, verduras y frutas, y una central térmica que proveía de calefacción a todas las viviendas y los edificios públicos… 

Todo en Pyramiden parecía construido para durar eternamente, pero las reservas de las minas se agotan y los sistemas políticos construidos en nombre de un mundo feliz llegan a su fin. Y así le sucedió a Pyramiden. La ciudad ideal de Stalin contaba, en 1996, con poco más de seiscientos habitantes, y la producción de carbón había descendido a menos de la mitad que en años anteriores. Rusia había dejado de lado las utopías y se lanzaba hacia el capitalismo en una carrera desbocada. ¿Qué nos importa una ciudad ideal?, debió de decirse Yeltsin. 

El 1 de abril de 1998 se cerró la explotación. El hotel siguió abierto hasta finales de verano. Pero a primeros de octubre, en apenas tres días, varios buques rusos embarcaron a todos los habitantes que quedaban en la ciudad: 497 hombres, 120 mujeres y tres niños. Y un poco más tarde, un mercante bautizado con el nombre de la poeta Anna Ajmátova se llevó a Rusia todos los materiales que fueron considerados de valor. La metáfora de la ciudad de la utopía se esfumaba para siempre.

Pyramiden quedó vacía. Sus viviendas se clausuraron, sus edificios oficiales se cerraron con cerrojos y las puertas fueron atrancadas con maderos firmemente clavados. Administrativamente, hoy sigue dependiendo de Barentsburg, y un par de funcionarios rusos acuden con cierta frecuencia a echar una ojeada al lugar. Ahora la visitan, de forma ocasional y siempre en verano, los turistas.

Barentsburg, a poco más de 78º de latitud norte, es una de las ciudades más desangeladas y sucias del hemisferio ártico. Se trata, como ya he dicho antes, de un establecimiento minero bajo soberanía noruega pero administrado por rusos. Empezó a producir carbón en cantidades importantes durante los años veinte y, en 1941, abandonada por los soviéticos ante la invasión alemana, fue destruida en muy buena parte por los propios soviéticos. En 1943, partidas de guerrilleros noruegos opuestos a los nazis se instalaron en la ciudad, que fue duramente bombardeada por un barco de guerra alemán, el Tirpitz, que acabó por arrasarla.

Los rusos la reconstruyeron por completo en 1948 y, al cerrarse la vecina explotación de Grumant, en 1961, se convirtió en el establecimiento soviético más importante de las Svalbard. Su población hasta 1990, cuando la producción comenzó a decaer, era muy similar a la de Longyearbyen, cerca de 1.400 habitantes. La cifra actual es sensiblemente menor.

Barentsburg cuenta con guardería, colegio, museo, un gran hospital, una piscina de invierno de cincuenta metros de longitud, central térmica, casa de la cultura con una imponente biblioteca de autores rusos y un helipuerto que fue construido en 1960. Sobre la montaña que domina la ciudad se eleva un observatorio geofísico. El consulado ruso de las Svalbard se encuentra en la urbe, de la misma manera que aquí estuvieron también los cuarteles del KGB (la policía política soviética) en los tiempos de la URSS. En los años de la guerra fría, los noruegos mantuvieron una estrecha vigilancia sobre el helipuerto, ya que se sospechaba que los grandes helicópteros usados como medio de transporte podían ser transformados en aparatos bélicos en caso de estallar un conflicto.

El nivel de vida del establecimiento es muy inferior al de la era soviética, pero las autoridades noruegas de Spitsbergen ayudan con ropas y comidas –e incluso con la escolarización de niños– a los habitantes rusos de la ciudad. Durante los últimos años es frecuente que corran rumores sobre el inminente cierre de la explotación de carbón en la urbe.

La vieja URSS sigue anclada en las Svalbard cuando casi todas sus trazas han desaparecido de la propia Rusia, entregada a un capitalismo desaforado. Y la sombra de Stalin, del que no existen estatuas en los establecimientos mineros rusos, proyecta su espíritu sobre Barentsburg.

En el establecimiento tan sólo hay una pequeña tienda de alimentación, un hotel y dos bares, uno de ellos en el mismo hotel. Y una curiosa tienda de souvenirs en la que venden gorros, capotes y medallas militares de la era soviética. En los altos del pueblo, otro busto de Lenin, tallado en granito y muy parecido al de Pyramiden, mira hacia el fiordo y al futuro. ¿O es al pasado?

Fuente: Magazine.

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